La locura en Ignacio de Loyola: de las visiones alucinatorias a la ilustración del Cardoner
Agosto 9, 2025 por Emmanuel A. Rodríguez O., SJ Envíanos locos[1] ¡Oh, Dios! Envíanos locos,de los que se comprometen a fondo,de los que se olvidan de sí mismos,de los que amancon algo más que con palabras,de los que entregansu vida de verdad y hasta el fin.Danos locos,chiflados,apasionados,hombres capacesde dar el salto hacia la inseguridad,hacia la incertidumbresorprendente de la pobreza;danos locos,que acepten diluirse en la masasin pretensiones de erigirse un escabel,que no utilicensu superioridad en su provecho.Danos locos,locos del presente,enamorados de una forma de vida sencilla,liberadores eficientes del proletariado,amantes de la paz,puros de conciencia,resueltos a nunca traicionar,capaces de aceptar cualquier tarea,de acudir donde sea,libres y obedientes,espontáneos y tenaces,dulces y fuertes.Danos locos, Señor, danos locos. Así empieza una oración muy conocida entre los jesuitas, incluso en Venezuela fue muy utilizada hace algunos años. Sin embargo, la oración “Envíanos locos” no se le atribuye a la Compañía de Jesús. Fue escrita por el Padre Louis-Joseph Lebret, un sacerdote dominico francés.Guy Briole (2024), en su libro Monólogo compartido con la locura, aborda la locura desde una visión poco convencional, yendo a sus orígenes y atendiendo a la clínica del caso por caso, del uno por uno. Al respecto, señala, en su libro, que “la locura es definida como una perturbación de la mente, ya sea duradera o transitoria” (p. 13). Es en esta última palabra que quisiera profundizar con los relatos de la Autobiografía de San Ignacio de Loyola, el peregrino, como se decía a sí mismo.Todas estas experiencias que algunos autores jesuitas llegan a considerar visiones alucinatorias son narradas por Ignacio en retrospectiva. Hay otras que se pueden encontrar en su Diario Espiritual (unos 24 folios de anotaciones diarias); no obstante, según algunos testimonios históricos, originalmente el Diario Espiritual era mucho más extenso, llegando a tener un aproximado de 300 hojas, pero la mayor parte de estos escritos se perdieron, probablemente por petición del propio Ignacio.Haciendo referencia al “todo el mundo es loco” de Lacan, Guy Briole (2024) señala lo siguiente: Cada cual puede reclamar su parte de locura controlada. De este modo, la locura puede estar presente en todos, sin ser realmente perceptible para los demás. En este sentido, puede ser reivindicada como una originalidad que se cultiva; el lado in de estar loco” (p. 14).Es importante entender que, desde la perspectiva de Ignacio y la de sus seguidores, estas visiones no eran meras ilusiones sensoriales, sino manifestaciones de la gracia divina y comunicaciones directas con Dios. ¿Era su locura controlada? Ignacio narra estas experiencias años después de haberlas vivido, nadie las notó hasta que él mismo las hizo visibles.Algunas de las experiencias más destacadas que describe Ignacio son la siguientes:1.- A lo largo de su vida, Ignacio menciona haber tenido frecuentes visiones de Jesucristo y la Virgen María. Estas visiones le ofrecían guía, consuelo y confirmación en su camino espiritual. Las describe con gran detalle y las considera como favores especiales de Dios. Ya se me iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se confirmaron con una visión de esta manera. Estando una noche despierto, vi claramente una imagen de nuestra Señora con el santo Niño Jesús, con cuya vista, que duró largo rato, recibí una consolación muy excesiva quedando con tanto asco de toda vida pasada – especialmente de las cosas carnales – que me parecía habérseme quitado del alma todas las imágenes que antes tenía pintada en ella (Au, 10, p. 9).2.- Durante su tiempo en Manresa, Ignacio vivió una profunda transformación espiritual y tuvo diversas experiencias místicas significativas. Este período fue crucial para la gestación de sus Ejercicios Espirituales. Estando en este hospital, aconteció que muchas veces, en día claro, veía una cosa en el aire, junto a mí, la que me daba mucha consolación porque era muy sumamente hermosa. No distinguía bien de qué cosa era la visión, pero de algún modo me parecía que tenía forma de serpiente, y tenía muchas cosas que resplandecían como ojos, aunque no lo eran. Yo me deleitaba mucho y me consolaba viendo eso, y cuántas más veces la veía, tanto más crecía mi consolación y cuando aquello desaparecía, me disgustaba (Au, 19, p. 16).3.- En otra ocasión, también en Manresa, Ignacio relata haber tenido una visión en la que la Santísima Trinidad se le presentaba de una manera muy particular, comparándola con tres teclas de un instrumento musical. Esta visión le llenó de gran consuelo y entendimiento sobre el misterio trinitario. Tenía mucha devoción a la Santísima Trinidad, por lo que hacía cada día oración a las Tres Personas separadamente. Y haciéndola también a la Santísima Trinidad como Unidad, me hacía la pregunta de cómo hacía a la Trinidad cuatro oraciones. Pero ese pensamiento me causaba poco o ningún problema, como algo de poca importancia. Estando un día rezando en las gradas del mismo monasterio las Horas de Nuestra Señora, empezó a elevárseme el entendimiento, como que veía a la Santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantos sollozos y lágrimas, que nada podía hacer (Au, 28, p. 20).4.- Mientras se encontraba en Manresa, Ignacio tuvo una profunda experiencia de iluminación junto al río Cardoner. Describió ver una especie de “cosa blanca” que le revelaba una gran comprensión de las verdades espirituales y divinas. Él mismo reconoce que no podía explicar completamente lo que vio y entendió en ese momento, pero que esta visión tuvo un impacto duradero en su vida y en su comprensión de Dios. En la misma Manresa, donde estuve casi un año, después que empecé a ser consolado por Dios y vi el fruto que hacía en las almas tratándolas, dejé esas exageraciones que de antes tenía; ya me cortaba las unas y los cabellos. Así que, estando en este pueblo en la iglesia de dicho monasterio oyendo Misa un día, y alzándose el “Corpus Domini” (o sea, la Hostia consagrada), vi con los ojos interiores unos como rayos blancos que venían de arriba; y aunque esto, después de tanto tiempo no lo puedo bien explicar, sin embargo, lo que vi con el entendimiento, claramente, fue cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo Nuestro Señor (Au, 29, p. 21).Guy Briole (2024), en su libro, plantea que: La locura no tiene a la enfermedad mental como partenaire sino a la razón, es el otro de la razón. Por eso nunca es la misma. La locura puede oponerse a la razón, pero también puede ser una forma de ser dentro de ella, en su seno (p. 14).5.- Más adelante, Ignacio narra lo que comúnmente conocemos los jesuitas como la ilustración del Cardoner, su experiencia mística clave y en la que no ve ni oye nada: es por eso “ilustración”. Al respecto, dice que, estando sentado a un lado del río Cardoner, que se me empezaron a abrir los ojos del entendimiento; no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y eso con una ilustración tan grande que todas las cosas me parecían nuevas (Au, 30, pp 21-22).Haciendo este breve recorrido por las visiones alucinatorias de Ignacio y la ilustración del Cardoner, me puedo preguntar lo siguiente: ¿por qué Ignacio experimenta visiones alucinatorias después de su herida en Pamplona?, ¿qué despertó en Ignacio esa herida?, ¿cómo se da el tránsito de las visiones alucinatorias a la ilustración del Cardoner?, siguiendo a Guy Briole, ¿puede hablarse de un tránsito de la locura a la razón o, por el contrario, la razón es parte de la locura?Cómo podemos observar en sus relatos, Ignacio de Loyola, el peregrino, experimenta una serie de visiones alucinatorias donde la mirada tiene un estatuto importante, solo después, cuando ya es General de los Jesuitas vivencia lo que él llama la locuela[2], “al parecer un signo infraverbal, a modo de una divina musicalidad procedente tanto del exterior como de la propia interioridad”[3]. Me pregunto, entonces, ¿por qué, en primer lugar, la mirada llega a ser tan importante en la vida de Ignacio?, ¿qué papel juega lo auditivo en su vida?Carlos Domínguez Morano (2020), jesuita y psicoanalista español, suele distinguir las experiencias de Ignacio de las alucinaciones patológicas. Al respecto, refiere lo siguiente: Son las experiencias de carácter místico que se inician en Loyola, y se consolidan ya para siempre en Manresa, las que configuran del modo más decisivo la globalidad de su persona. Ignacio, a partir de la situación densa, difícil, compleja, que supone su conversión religiosa, va llevando a cabo un recorrido espiritual hacia un estado de unión permanente con Dios, al que siente como llevándole de la mano, viviendo así en una connaturalidad de unión con Otro que configura su vida en el pensar, hacer y sentir[4].En este mismo sentido, Guy Briole (2024) menciona que “la locura no clasifica médicamente a una persona, dice algo sobre ella. Implica una distinción respecto a los demás en la forma de pensar, actuar y razonar” (p. 17). Notas:[1] Oración tomada de la Provincia de España de la Compañía de Jesús, disponible en: https://pastoralsj.org/oracion/envianos-locos/[2] En el contexto de la espiritualidad ignaciana, “locuela” puede referirse a una experiencia mística en la que se percibe una voz o un sonido sin palabras, que puede ser interpretado como una comunicación divina.[3] Carlos Domínguez Morano. Mística y psicoanálisis (Trotta, 2020).[4] Ibid.